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Literatura Teologia

Las flores contemplativas de la Esperanza

En Lisboa, los azulejos con emblemas del Convento de la Esperanza asumen la belleza de las flores como símbolo de la vida contemplativa.

En 1649, la corte de D. João se conmovió profundamente por la muerte prematura de D. Maria de Ataíde – a creer en la memoria de sus admiradores, la dama más bella del palacio, hija de los Condes de Atouguia. El entonces ya famoso predicador António Vieira fue invitado a realizar el sermón fúnebre, que se publicó en compañía de un conjunto de poemas, epigramas y epitafios literarios para formar un doloroso parnaso lusitano, con la presencia de los literatos más notables de la época.

Con el ingenio habitual para aprovechar al máximo el conflicto entre la fragilidad de la emoción humana y el poder de la sabiduría de Dios, el predicador jesuita asumió la validez de la queja universal de la brevedad de la vida, ostensiblemente injusta cuando sega una de solo 24 años:

Pues si a Job, si al espejo de la paciencia, siendo tan largos sus días, le parecen breves; si a David, si a la columna de la fortaleza le parecen mal medidos: si a Jacob, si al ejemplo de constancia le parecen pocos, & malos: ¿qué razón no tendrá para quejarse una edad tanto más cortamente medida, tanto más brevemente contada, tanto más apocada en días, tanto más en flor cortada?

Vase with flowers and angels. Lisbon Potteries, 1660-1675. Convento de Nossa Senhora da Esperança de Lisboa. © Museu Nacional do Azulejo
Florero con ángeles. Ollerías de Lisboa, 1660-1675. Convento de Nossa Senhora da Esperança de Lisboa. © Museu Nacional do Azulejo.

Como era común en las reuniones académicas, donde los poetas coincidían en utilizar los mismos conceptos, pocos fueron los literatos que no glosaron el tema de la flor que se extingue en el apogeo de la belleza para advertirnos sobre la brevedad de la vida en la Tierra. Una flor es el espejo de la vida, y el viento se la lleva.

Como bien demostró el estudio de João Pedro Monteiro, los encantadores paneles de azulejos del Convento de la Esperanza de Lisboa, desafortunadamente dispersos por varios museos y colecciones privadas, proponen una otra relación metafórica con la belleza de las flores, que puede connotarse con la esperanza, precisamente porque ambas son frágiles.

Fray Isidoro de Barreira, monje del Monasterio de Cristo, en Tomar, en su Tratado das significaçoens das plantas, flores, e fruttos, aclara como se construye esta metáfora, en todo similar a la de la brevedad de la vida:

Esperanzas se comparan con flores, porque duran tan poco, como las flores, & padecen tantos inconvenientes como ellas. San Isidro dice que el nombre de flor proviene de esta palabra, Fluo, que en latín significa correr el agua para bajo. Así son las esperanzas de las cosas del mundo, que corren deprisa, & desaparecen, como aguas, que van al mar.

Cognoscite lilia. Title Page and Eleven Prints of Flowers, Plants, and Fruit attributed to Crispijn van de Passe I, 1600 – 1604. © Rijksmuseum RP-P-2012-24-1.
Cognoscite lilia. Tabla de apertura del álbum de flores y frutas atribuído a Crispijn van de Passe I, 1600-1604. © Rijksmuseum RP-P-2012-24-1.

Pero la belleza de las flores permite todavía una tercera interpretación, más cercana a la vida contemplativa de las monjas del Convento de la Esperanza. Según los sublimes versículos del evangelio de san Mateo (6: 28-30), debemos aprender de las flores que, sin tener en cuenta los bienes de la vida terrena, no hacen nada y confían absolutamente en la providencia divina: Observen cómo crecen los lirios del campo: no trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos. Como explicó San Hilario, glosado en la misma obra del monje de la Orden de Cristo:

No tienen estos Lirios que trabajar, ni que merecer, porque las virtudes Angélicas por la dichosa suerte que les tocó por su bienaventuranza, todo lo tiene, & nada les falta, ni puede faltar.

Como nos permite percibir el cuidadoso rigor de la representación de la flora en estos paneles, no hay ninguna incompatibilidad entre la reproducción minuciosa de la naturaleza y su asociación con un contexto moral. Por el contrario, cuanto mayor es la agudeza en la representación de la belleza de las flores, mejor es la expresión de la idea de los beneficios de la fe en Cristo, nuestro Salvador.

Para reforzar la idea de la importancia de la confianza en la providencia divina, un otro panel del conjunto, con la representación de un pavo real, con la cola abierta con los cien ojos de Dios, sobre una tumba, combina las palabras de dos versículos de los Salmos: Mis ojos se consumen de pena (Salmo 88: 10) y Una luz para mis pasos (Salmo 109: 105). En el concepto del emblema, Cristo es un guía seguro en el camino hacia la vida eterna, y esta confianza es la virtud teologal de la esperanza.

Probablemente realizados entre las grandes obras de 1664 y 1673, los siete paneles del claustro del Convento de la Esperanza, con sus macetas de flores contemplativas, manifiestan la estrecha relación entre el programa iconográfico y la regla franciscana de las Clarisas de Portugal.

Florero con aves e insectos. Grabador anónimo con base en Adriaen Collaert, c. 1601-1652. © Rijksmuseum RP-P-2013-1-60.

BIBLIOGRAFÍA PRINCIPAL

A.A.V.V. Memorias funebres sentidas pellos ingenhos portugueses, na morte da Senhora Dona Maria de Attayde. Offerecidas a Senhora Dona Luiza Maria de Faro Condessa de Penaguiam. Lisboa: Officina Craesbekiana, 1650.

FIGUEIREDO, Paula. Mosteiro de Nossa Senhora da Piedade da Esperança in Sistema de Informação para o Património Arquitetónico (SIPA), 2012. Publicación on-line: http://www.monumentos.gov.pt/Site/APP_PagesUser/SIPA.aspx?id=34033

MONTEIRO, João Pedro. “Os vasos floridos do Convento de Nossa Senhora da Esperança de Lisboa”, in Azulejo. Lisboa: Museu Nacional do Azulejo, 1991, n. 1, pp. 33-44.

BARREIRA, Isidoro de. Tratado das significaçoens das plantas, flores, e fruttos, que se referem na Sagrada Escrittura: tiradas de divinas, e humanas letras, com suas breves considerações pelo Padre Fr. Isidoro de Barreyra. Lisboa: officina de Manoel Lopes Ferreyra, 1698.

Lisboa, Museu Nacional do Azulejo

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